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Desde muy temprano aprendemos que esforzarnos es valioso, que cumplir es necesario y que exigirnos es parte de crecer. En muchos contextos familiares, escolares y sociales, la exigencia se presenta como sinónimo de responsabilidad, fortaleza o madurez. Poco a poco, esta idea se integra a nuestra forma de vivir, al punto de que exigirse y cumplir en tiempo y forma deja de ser una elección y se convierte en una manera automática de relacionarnos con nosotros mismos.
El problema no es el esfuerzo ni la disciplina en sí, sino cuando la exigencia se vuelve constante, rígida y sin espacios de cuidado. Cuando solo sabemos avanzar empujándonos, sin escucharnos, el desarrollo emocional comienza a construirse desde el desgaste y no desde el equilibrio.
Hacer una pausa, incluso breve, suele generar culpa. Detenernos cinco minutos, sentarnos sin “producir” o simplemente tomar un respiro puede vivirse como flojera, debilidad o pérdida de tiempo. Esta culpa no aparece por casualidad: es el resultado de una exigencia internalizada que nos dice que siempre deberíamos estar haciendo más.
Sin embargo, desde un punto de vista emocional y físico, la pausa no es un lujo, sino una necesidad básica. El cuerpo y la mente requieren momentos de descanso para regularse, procesar y recuperarse. Cuando no nos permitimos pausar, el cansancio se acumula y el desgaste se vuelve silencioso, pero constante.
Con el paso del tiempo, esta exigencia sostenida va formando una voz interna dura, crítica y poco compasiva. Es la voz que minimiza los logros, que insiste en que “no es suficiente” o que siempre hay algo más “importante” que hacer antes de poder descansar o sentirse en paz. Esta voz suele ignorar todo lo que hemos sostenido emocionalmente a lo largo de la vida: responsabilidades, decisiones, cuidados y esfuerzos que no siempre son visibles, generando una sensación persistente de insatisfacción personal.
El desarrollo emocional no se limita a crecer, avanzar o lograr metas. También implica aprender a cuidarse, a reconocerse y a respetar las propias necesidades emocionales y físicas. Crecer sin cuidado puede llevar a resultados visibles, pero a un alto costo interno. Emoción y cuerpo funcionan como un sistema integrado; cuando ignoramos señales de cansancio, tensión o malestar, el cuerpo termina expresando lo que la mente no ha podido escuchar.
En muchas etapas de la vida se instala la idea de que, al alcanzar ciertos logros o estabilidad material, la satisfacción llegará por sí sola. Sin embargo, cuando la exigencia interna no se revisa, los logros pueden convertirse en nuevas fuentes de presión.
Tener más no siempre se traduce en estar mejor. En ocasiones, la búsqueda constante de resultados incrementa la insatisfacción y refuerza la autoexigencia, dejando poco espacio para disfrutar lo alcanzado y reconocer el propio valor.
El autocuidado no es un premio ni algo que se concede solo después de cumplir con todo. Tampoco es un acto egoísta. Es una responsabilidad personal que implica reconocer nuestras necesidades emocionales y físicas y atenderlas de manera consciente. Nadie más puede hacerlo por nosotros. Asumir esta responsabilidad es revisar cómo nos exigimos, qué tanto nos escuchamos y si estamos dispuestos a incluirnos en la lista de prioridades de nuestra propia vida.
Cuidarse no significa únicamente detener el cuerpo. Muchas personas hacen una pausa física mientras la mente sigue atrapada en pendientes, preocupaciones o exigencias futuras. El cuidado real implica estar presentes y permitirnos disfrutar la pausa sin castigarnos mentalmente. Tomar un café contigo, salir a caminar, convivir con otras personas, o simplemente guardar silencio pueden convertirse en espacios de conexión y apapachos cuando se viven sin culpa y con atención plena.
La coherencia personal se construye cuando la forma en que nos exigimos es compatible con lo que necesitamos emocional y físicamente. La manera en que nos hablamos, el tono de nuestra voz interna y cómo nos tratamos influyen directamente en nuestro bienestar. Una exigencia consciente acompaña, orienta y cuida. El autocuidado permite avanzar con mayor ecuanimidad, poco a poco, sin caer en una autoexigencia que termina forzando más de lo que sostiene.
¿La forma en que hoy nos exigimos nos está ayudando a crecer… o nos está desgastando silenciosamente?
Esta conferencia abordó el tema de las competencias parentales, presentada por la psicóloga María Fernanda Nava Zamora como parte de la escuela para padres de Amapsi. La ponente explicó que las competencias parentales son el conjunto de conocimientos, capacidades, disposiciones y habilidades que tienen los padres, madres o adultos responsables para ejercer la crianza con el fin de cuidar, educar y formar a niños, niñas y adolescentes.
Conceptos clave
Las competencias parentales se dividen en: vinculares (apego), protectoras (cuidado), formativas (educación) y reflexivas (autoevaluación)
Existen dos tipos de parentalidad: biológica y social, siendo esta última la que se desarrolla con el tiempo
Las competencias parentales no son innatas, sino que se aprenden, desarrollan y practican
Estas competencias evolucionan según la etapa de desarrollo del niño o adolescente
Preguntas importantes
¿Cómo pueden los abuelos que son cuidadores desarrollar competencias parentales efectivas?
¿Cómo manejar las diferencias entre los estilos de crianza de padres y abuelos?
¿Cómo adaptar las competencias parentales a las diferentes edades de los hijos?
¿Cómo equilibrar el uso de la tecnología con una comunicación familiar efectiva?
Competencias parentales y su importancia
Las competencias parentales son el conjunto de conocimientos, capacidades y habilidades que permiten a los padres, madres o cuidadores ejercer adecuadamente su rol en la crianza. La psicóloga María Fernanda explicó que estas competencias no vienen automáticamente con la procreación de un hijo (parentalidad biológica), sino que se desarrollan con el tiempo (parentalidad social).
Un aspecto fundamental es que estas competencias no son estáticas, sino que evolucionan según la etapa de desarrollo del niño. No es lo mismo criar a un bebé que a un adolescente, por lo que los padres deben adaptarse constantemente. Además, muchas de estas competencias se basan en modelos aprendidos durante nuestra propia infancia, aunque siempre existe la posibilidad de modificarlos y mejorarlos.
Las competencias parentales se dividen en cuatro categorías principales:
Competencias vinculares: Relacionadas con el apego y el desarrollo socioemocional. Incluyen la capacidad de mostrar afecto, validar emociones, escuchar activamente y sintonizar emocionalmente con los hijos.
Competencias formativas: Dirigidas a favorecer el desarrollo, aprendizaje y socialización. Incluyen establecer rutinas, horarios, reglas claras y explicar el porqué de las normas.
Competencias protectoras: Enfocadas en el cuidado físico y emocional. Abarcan desde la alimentación y salud física hasta la protección emocional y la educación sexual.
Competencias reflexivas: Implican la capacidad de los padres para autoevaluarse, monitorear su desempeño y reflexionar sobre su rol parental.
Desarrollo de competencias parentales
Las competencias parentales pueden fomentarse de diversas maneras. La ponente destacó la importancia de las muestras de afecto, los diálogos formativos, la organización de momentos exclusivos para compartir en familia y la reflexión sobre cómo las acciones y emociones de los padres impactan en el desarrollo de los hijos.
Un punto importante es la comunicación efectiva. María Fernanda mencionó la necesidad de escuchar realmente a los hijos, no solo físicamente sino “con los ojos”, prestando total atención. Esto implica dejar de lado distracciones como los teléfonos celulares durante estos momentos de conexión.
También se abordó la importancia de validar las emociones de los niños. En lugar de decirles “no llores” o “no te enojes”, es más efectivo ayudarles a regular sus emociones, reconociendo que todas las emociones son válidas, aunque debamos controlar las acciones derivadas de ellas.
La ponente enfatizó que las competencias parentales tienen un impacto directo en el desarrollo presente y futuro de los hijos. Lo que aprendan en su infancia y adolescencia les servirá para toda la vida, influyendo en su capacidad para comunicarse, resolver conflictos y desarrollar resiliencia.
Conclusiones y reflexiones finales
La psicóloga María Fernanda concluyó destacando que las competencias parentales siempre pueden aprenderse y desarrollarse. Gracias a la plasticidad cerebral, todos tenemos la capacidad de adaptarnos, cambiar y mejorar nuestras habilidades como padres.
Es importante que los padres reflexionen constantemente sobre su rol, evaluando qué aspectos de su crianza funcionan y cuáles podrían mejorar. No se trata de ser perfectos, sino de estar dispuestos a aprender y adaptarse a las necesidades cambiantes de los hijos en cada etapa de su desarrollo.
La ponente también destacó la importancia de la comunicación familiar y el establecimiento de reglas claras y consistentes, especialmente cuando hay varios adultos involucrados en la crianza (como padres y abuelos).
Finalmente, se enfatizó que el objetivo de desarrollar competencias parentales es garantizar el bienestar físico y emocional de los niños, niñas y adolescentes, preparándolos para ser adultos saludables, resilientes y capaces de establecer relaciones positivas.
AMAPSI invita a la Presentación del Diplomado en Problemas del Lenguaje y el Habla MARTES 24 DE FEBRERO A LAS 6:30 PM.
Conoce nuestro programa académico orientado a brindar herramientas teóricas y prácticas para la evaluación e intervención en dificultades del lenguaje y el habla.
Durante esta sesión informativa compartiremos el enfoque del diplomado, contenidos, modalidad y proceso de inscripción.
Conoce nuestro programa académico pensado para brindar herramientas especializadas en evaluación, diagnóstico e intervención terapéutica con niñas y niños.
Durante la sesión informativa te compartiremos el enfoque del diplomado, contenidos, modalidad y proceso de inscripción.
Presentación del Diplomado en Psicología y Psicoterapia para Adolescentes ofrecido por Amapsi. La maestra Jocelyn Reyes Fonseca, titular del diplomado, explicó detalladamente el contenido, enfoque y estructura del programa, destacando la importancia de la formación especializada para trabajar con adolescentes en el contexto actual.
Conceptos clave
Enfoque biopsicosocial para entender y tratar a los adolescentes
Diálogo entre diferentes corrientes psicológicas (teoría de la praxis, cognitivo-conductual, psicoanálisis contemporáneo)
Importancia de comprender los factores de riesgo y protección en la adolescencia
Necesidad de herramientas específicas para trabajar con adolescentes, diferentes a las utilizadas con niños o adultos
Preguntas importantes planteadas
¿Cómo manejar casos referidos por escuelas cuando el adolescente no quiere asistir a terapia?
¿Existe supervisión de casos durante el diplomado?
¿Cómo abordar situaciones delicadas como consumo de sustancias?
¿Cómo trabajar simultáneamente con la institución educativa y los padres?
Puntos clave y resumen de objetivos de aprendizaje
El diplomado consta de 6 módulos que abordan desde la psicosociología de la adolescencia hasta psicopatologías y psicoterapia específica.
Se enfoca en desarrollar habilidades para identificar factores de riesgo, analizar contextos sociales y familiares, y aplicar técnicas terapéuticas adecuadas.
Proporciona herramientas para trabajar con adolescentes considerando sus necesidades específicas y el contexto actual.
Incluye supervisión de casos y análisis de situaciones prácticas para desarrollar competencias profesionales.
Aborda temas contemporáneos como identidad sexual, uso de tecnología, tribus urbanas y problemas educativos.
Tema 1: Fundamentos y enfoque del diplomado
El diplomado surge como respuesta a la necesidad de formación especializada para trabajar con adolescentes, una etapa frecuentemente descuidada en la formación profesional que suele centrarse más en niños o adultos. La maestra Jocelyn explicó que el programa se desarrolló hace aproximadamente dos años, motivado por estadísticas preocupantes sobre salud mental en adolescentes, incluyendo incrementos en depresión, ansiedad, ideación suicida y comportamientos destructivos.
El enfoque biopsicosocial constituye la base teórica del diplomado, considerando factores biológicos (desarrollo cerebral, cambios hormonales), psicológicos (identidad, emociones) y sociales (familia, escuela, amistades). A diferencia de otros programas, no se limita a una sola corriente psicológica, sino que promueve un diálogo entre diferentes enfoques teóricos para abordar de manera integral las necesidades de los adolescentes.
Tema 2: Estructura y contenido del diplomado
El diplomado está organizado en seis módulos que abarcan diferentes aspectos del trabajo con adolescentes. El primer módulo aborda la psicosociología de la adolescencia en el siglo XXI, analizando fenómenos contemporáneos como tribus urbanas, redes sociales y su impacto en la formación de identidad. El segundo módulo profundiza en teorías sobre la adolescencia, incluyendo la teoría de la praxis y el psicoanálisis contemporáneo con autores como Joseph Novel Freud.
El tercer módulo se centra en afectos y vínculos, explorando teorías del apego y su influencia en las relaciones familiares y sociales del adolescente. El cuarto módulo aborda temas de intimidad, noviazgo y sexualidad, incluyendo identidad sexual y género. El quinto módulo analiza problemas y alternativas en la educación, como fracaso escolar y adecuaciones curriculares. Finalmente, el sexto módulo se enfoca en psicopatologías y psicoterapia específica para adolescentes.
Tema 3: Metodología y aplicación práctica
La metodología del diplomado combina bases teóricas con aplicación práctica a través de casos clínicos, análisis de películas y series, y discusiones en foros. Se enfatiza la importancia de desarrollar habilidades específicas para conectar con los adolescentes, como ser un “traductor” entre ellos y sus padres, y poder adaptarse a su mundo para facilitar el proceso terapéutico.
La maestra Jocelyn compartió ejemplos de su práctica clínica, como el caso de una adolescente con problemas de relaciones sociales en la escuela y otra con gastritis ulcerosa relacionada con ansiedad, demostrando cómo aplicar diferentes técnicas según las necesidades específicas de cada adolescente. También destacó la importancia de la psicoeducación tanto para los adolescentes como para sus padres y entornos escolares.
El perfil de los participantes en ediciones anteriores ha sido diverso, incluyendo profesores de secundaria, profesionales que trabajan en la SEP diseñando programas, personas en el ámbito de impartición de justicia para adolescentes, y psicólogos que buscan ampliar sus herramientas para trabajar con esta población.