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Foto: Guille DesFoto: Guille Des

 

Este breve escrito no pretende dar un análisis moral del fenómeno del terrorista, sino tan solo, un alcance de cómo el contexto terrorista y el contexto sociedad, muchas veces, y erróneamente; se enajenan entre sí.

No es ser terrorista que un hijo u otro familiar amenace a un anciano, tampoco lo es, el terror que puede infundir un padre alcohólico al llegar a casa. Un terrorista tiene un vínculo y propósito social y político, el cual es, derrocar a un estado o gobierno a costa de todo, enmarcándose así en una lucha de poder continuo, donde el terror social es sembrado por ambas partes: terrorista y estado, cada uno a su modo y circunstancias. La sociedad es el objeto y el medio para hacer saber el poderío, en otras palabras: el aplastamiento de la sociedad, conllevará a perpetuar el poder del terrorista, o del estado perverso. Continuamente, terrorista y estado se envían señales para demostrarse quien es el más fuerte.

Lamentablemente, los medios de comunicación y la sociedad, sin darse cuenta contribuyen de sobre manera al conflicto entre terrorista y estado, considerando como violencia terrorista a la que va desde abajo hacia arriba y no, la que va desde arriba hacia abajo. Ambas violencias por cierto, muy perversas. La historia demuestra que un terrorista es criminal en sus diversos atentados, sin embargo las reacciones del estado frente al ataque terrorista es hipercriminal, y la sociedad queda en medio de dos fuegos cruzados y a decir verdad, prefiere mantenerse solo como víctima y no se compromete con el análisis de su realidad social: prefiere solo censurar los ataques terroristas, pero no, la corrupción del estado, ni tampoco la corrupción en las familias. Sin darse cuenta, la sociedad se convierte en cómplice del terrorista, al esperar el ataque, pero no preocuparse de las causas. A lo anterior, se suman los medios de comunicación, al solo difundir los atentados terroristas (el cual es uno de los objetivos primordiales del terrorista: que su ataque se difunda al máximo en los medios), mas no analiza profundamente la realidad social.

Ahora nos enmarcamos en el egoísmo en cual los entes terrorista, sociedad y estado presentan. Pareciera que a los tres no les interesa el real progreso de un pueblo. El terrorista se enfrasca en su narcisismo ideológico o religioso, y tan solo le interesa dominar, pero no contribuir a la mejora de un país. La sociedad, dividida en clase baja, media y alta; tiene a estas tres clases divorciadas entre sí: al de clase media tan solo le interesa ascender a una clase media alta y con mucha suerte a ser rico; al de clase alta, tan solo los contactos superiores para que sus empresas y riquezas tengan más arraigo, y a la clase pobre: tan solo sobrevivir (no tiene otra posibilidad). En otras palabras, no interesa el valor supremo de la evolución de un pueblo, sino el hecho de obtener y ostentar el poder para satisfacer profundo vacíos, los cuales se satisfacen con la situación de dominar perversamente al otro. Por ello, la delincuencia se presenta en estos tres entes, la extorsión, el secuestro, las muertes y lo peor de todo: la indiferencia.

La sociedad también se enajena del fenómeno del terrorismo al padecer por las muertes de ciudadanos de “primer nivel”, mas no por ciudadanos de “nivel diferente”, por ejemplo: la indignación por muertes de personas de países ricos, mas no de personas de países de distinta clase económica, social o religiosa. Tres mil muertos en las torres gemelas y miles y miles de muertos en Afganistán; un centenar de muertos en París y miles de muertos en Siria; centenas de profesionales y políticos muertos en nuestro país y miles de campesinos asesinados. Pareciera que el impulso primitivo del racismo y de la discriminación se activa después de un ataque terrorista, logrando reforzar los objetivos de un terrorista: sembrar el terror y dividir.

Dioner Francis Marín Puelles

Director Escuela de Psicología de la Universidad César Vallejo

 

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