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Emilio Ribes Iñesta

ImageLlegué joven a una Universidad Veracruzana también joven. La universidad, en los años 60, era una universidad en crecimiento, con una vocación para fomentar por igual a las ciencias, las artes y las humanidades. El afán de conocimiento, el espíritu solidario, el atrevimiento autodidacta y la pasión por innovar y trascender caracterizaron esos años que, en lo personal, fueron definitivos y marcaron de manera indeleble mi vida profesional.

 La atmósfera dominante en aquellos años en Xalapa se nutría a su vez del espíritu que impregnaba a las universidades en casi todo el mundo. Los universitarios se planteaban utopías y nuevos ideales, comprometidos con el cambio de la sociedad. No sólo se discutía la posibilidad de un mundo más justo y más libre, sino que se confrontaba a las instituciones del poder político y económico, que entonces, como ahora todavía, se presentaban, autoindulgentes, como los fundamentos y límites de toda vida democrática posible.

Como suele ocurrir en la historia de la humanidad, los universitarios y las universidades fueron envilecidos ante la opinión pública, golpeados y masacrados por las fuerzas del orden establecido y, cuando fue posible, cooptados por el poder económico. Como en todas las derrotas, lo único que sobrevive es el recuerdo de ese momento como un momento heroico y potencialmente transformador.

 A partir de entonces, y como parte del proyecto hegemónico global de un capitalismo predador, la universidad pública se convirtió en objetivo estratégico del poder político y económico. Ante un mundo que se privatiza en todas sus esferas, incluyendo la reconversión del Estado en una entidad gerencial de los poderes fácticos, la universidad pública se yergue como uno de los obstáculos a eliminar. De manera encubierta, la universidad pública constituye un foco de resistencia a todo proceso de uniformación del pensamiento y de la vida social en un momento histórico en el que, paradójicamente, se pregona un mundo de libertades y posibilidades infinitas.

 En un mundo concebido todo él como negocio o inversión, la universidad pública sobresale como una ínsula, a la que se cuestiona continuamente por su presunta desvinculación de la vida productiva. Habiéndose deteriorado la calidad de la educación básica, y fomentado su privatización mediante la multiplicación de escuelas de particulares y su gestión corporativista, la universidad pública se ha convertido en el siguiente objetivo, por demás apetecible, de la ideología del mundo como negocio. A los procedimientos empleados tradicionalmente para someter a la universidad pública, tales como la restricción presupuestaria y el control político-policiaco, se han sumado tres nuevas estrategias.

La primera ha sido apoyar la creación de universidades privadas, con autonomía de operación, las que progresivamente han insertado a sus egresados en la administración pública. La segunda ha sido auspiciar, mediante subsidios especiales, que la universidad pública funcione como una maquiladora de proyectos tecnológicos especiales para el sector productivo, fomentando de manera sesgada el fortalecimiento de ciertos grupos y áreas de conocimiento “aplicado”, en detrimento del resto de los campos del saber. La tercera, y quizá la más peligrosa, por su ambigüedad y sutileza, es la que se funda en el eufemismo de la llamada “cultura de la evaluación”. 

 La cultura de la evaluación asume que las universidades son equivalentes a empresas y que, por consiguiente, el gasto público debe considerarse una inversión, en la que los productos deben justificar los insumos. En este contexto, se obliga a la universidad pública a ser “productiva”, y se le evalúa por indicadores de “rendimiento” a corto plazo, de dudosa validez académica, propios, más bien, de una lógica enmarcada en la economía del pago a destajo. Asimismo, destaca la promoción selectiva de la productividad individual de docentes e investigadores, avalada por la obtención de grados académicos de dudosa calidad, la cantidad de publicaciones realizadas y la formación de “recursos” humanos. La búsqueda de conocimiento ha sido reemplazada por la búsqueda de constancias, certificaciones y una compulsión frenética por publicar. No está de más comentar, entre paréntesis, que esta política se ha reflejado en un crecimiento desmedido de los eventos científicos y de las publicaciones periódicas, sin que ello signifique un aumento equiparable en aportaciones significativas al conocimiento. 

La política de evaluación de la productividad ha tenido efectos similares a las políticas económicas neoliberales: ha fortalecido y protegido a los más capaces (una minoría) y ha cerrado las puertas del crecimiento académico a individuos e instituciones desfavorecidas y en desventaja.


 A pesar de que la universidad pública se ha visto sometida durante los últimos 30 años a esta política distorsionadora, nos queda claro que la universidad pública se resiste a ser considerada una empresa, y a ser organizada y operada gerencialmente. La fortaleza de su resistencia reside en la naturaleza misma de la universidad como institución de conocimiento. Fortalecer la universidad pública significa recuperar su sentido original y verdadero: hacer de la universidad un auténtico espacio de conocimiento, en donde la reflexión, la crítica, el descubrimiento, la invención, la duda racional, sean el sustento de toda actividad. La repetición, la rutina, la memorización, la aplicación sin razonamiento, la aceptación irreflexiva, el dogmatismo, todos ellos deben ser eliminados como formas de vida académica. La investigación y la creación deben constituirse en los ejes rectores del quehacer universitario. El conocimiento que se copia o se repite no es conocimiento auténtico.

Enseñar las ciencias, las humanidades y las artes no puede separarse del acto mismo de su práctica por el que las enseña, práctica que comprende no sólo el hacer, sino también el teorizar. El aprendizaje, de esta manera, se convierte en la emulación de la práctica del que enseña, del que domina un campo de conocimiento, del maestro genuino. Transformar a la universidad pública en un espacio diverso y enriquecedor de conocimientos significa reintegrar la sociedad su inteligencia y su conciencia crítica.

Todos debemos comprometernos para que este privilegio que hemos disfrutado y seguimos disfrutando no sea privilegio de unos cuantos, y sea accesible, en principio, a todos.

Emilio Ribes Iñesta,
Investigador del Centro de Estudios e Investigaciones en Comportamiento

El Universal
Xalapa, Veracruz Jueves 11 de septiembre de 2008 

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